En la industria de la televisión, la velocidad no es eficiencia; es arquitectura del miedo. Mientras Di Mondo aún no se paraba de la silla de Primer Plano (CHV), la plana mayor de Megamedia ya había activado el protocolo de exterminio comunicacional.
Lanzaron un comunicado que, bajo la apariencia de una aclaración, funciona como un misil tierra-aire diseñado para sellar por fuera la puerta de la polémica y proteger lo único sagrado: el prestigio corporativo.
La táctica de Bethia: «Él se bajó solo»
Frente al relato de discriminación que Edmundo Huerta soltó ante el tribunal de JC Rodríguez y la García-Huidobro, Mega aplicó la vieja técnica del búnker: desplazamiento de responsabilidad.
Según el canal, la intención de sumar a Di Mondo fue «oficial y reiterada», cumpliendo protocolos y sin discriminación alguna.
La movida es de manual de crisis: el sistema no falla, falla el individuo que «optó por desestimar» la invitación. Es la palabra de una corporación con espalda legal contra la verdad de un socialité que, para ellos, construye un «escenario lejano a la realidad».
El comunicado se llena la boca con «estrictos estándares éticos y legales» y «normas migratorias vigentes», pero lo que se lee entre líneas es pánico estructural. Que hayan respondido en minutos delata que el golpe de Chilevisión caló hondo en el piso 3 de la señal.
Ese «blindaje» no busca la verdad, busca que el humo del escándalo no asfixie las oficinas de los controladores. Cuando sacan a pasear la amenaza de «estudiar y ejercer acciones legales», no están pidiendo justicia; están poniendo un bozal mediático.
Sin Gala y a los tribunales: El futuro de Di Mondo
Lo que nació como un enredo de visas y protocolos terminó en lo que siempre termina en Chile: una guerra de estudios de abogados. En las oficinas de Megamedia no están viendo la entrevista de Di Mondo por entretención; están haciendo peritaje forense de cada sílaba.
Buscan la fisura, el adjetivo mal puesto, la frase que les permita saltar desde el set de televisión al estrado judicial.
Es la movida clásica del sistema: cuando pierden el control del relato en la pantalla, intentan recuperar el orden en el tribunal. Es ahí donde el brillo de las plumas y el glamour de Di Mondo se apagan frente a la frialdad de un fajo de contratos y el peso de la «verdad legal».
