Matilde Bonasera fue, durante años, uno de los nombres más comentados de la farándula chilena.
Hoy, la modelo argentina vive en el sur del país, alejada de las pantallas, y accedió a contarle a El Filtrador cómo fue el camino que la llevó desde la exposición mediática hasta una vida dedicada al patinaje artístico y a su familia.

Bonasera nació en Mendoza, Argentina. “Mi papá se llamaba Walter Oscar Bonasera. Él era contador, subgerente de un banco que era el Scotiabank en Argentina, y estudió Ingeniería Civil y Programática. Mi mamá se llama Elizabeth Grinspan, ella estudió Derecho, pero se dedicó siempre a dar clases en colegios particulares de Historia y Formación Ética y Ciudadana”, relató.
Su llegada a Chile no estuvo planificada: en Argentina estudiaba para ser policía, pero un viaje de su madre —motivado por su afición a la crianza de perros de exposición— terminó trayéndola al país.
“Me trajo a Chile y a mí me gustó mucho”, contó, recordando que llegó a trabajar como administrativa en los edificios de LAN.
El nombre de Bonasera quedó ligado para siempre al polémico vínculo que tuvo con Nano Calderón, hijo del abogado Hernán Calderón, cuando este era todavía adolescente.

Consultada sobre ese capítulo, la propia Bonasera prefirió no profundizar demasiado, pero fue clara sobre su origen.
“Fue un tongo, como le llaman hoy, generado con el papá de Hernán y mi manager que me manipulaba mucho. Si hubiera tenido una edad donde podía pensar las cosas mejor, nunca lo hubiera hecho, porque en realidad nunca pasó de verdad y fue todo armado”, reconoció.
La propia modelo ya había aclarado el episodio en 2018, en el programa Intrusos, como un montaje acordado con conocimiento de ambas familias para generar contenido en redes sociales.
Matilde Bonasera y los duelos que cambiaron su rumbo
Detrás de la exmodelo hubo también una historia de pérdidas profundas. Su madre, Elizabeth Grinspan, falleció de cáncer de páncreas en 2019.
Dos años después, en 2021, Bonasera perdió a su esposo, Claudio Acevedo, oficial del Ejército y padre de su primer hijo, Kilian, en un accidente de tránsito del que hoy prefiere no hablar en detalle.
“Tuvo un accidente de tránsito del cual no hablo mucho porque todavía hay muchos temas pendientes en los que no quiero abundar”, señaló.
Fue en medio de ese periodo de duelo que Bonasera encontró en el patinaje artístico una forma de reconstruirse.
En 2022 se trasladó a Los Ángeles, en la Región del Biobío, dejando atrás Iquique, ciudad donde vivía y donde, según contó, sentía una vigilancia constante ligada a su vínculo previo con personas del ámbito militar.
“Siempre me gustó el sur de Chile, lo recorrí cuando hacía eventos, así que feliz de haberme venido en 2023”, relató sobre su llegada a Los Ángeles, comuna donde hoy reside.
Una nueva vocación y una familia reconstruida
En enero de 2025 obtuvo su certificación como entrenadora federada de patinaje artístico y fundó su propio club, Skating Evolution, donde imparte clases desde nivel iniciación hasta competitivo internacional.
Ese mismo año participó además en un seminario de actualización técnica dictado por Nicola Genchi, presidente de la Comisión Técnica de Patinaje Artístico de World Skate.

En el plano personal, Bonasera rehízo su vida junto a Matías Araya, ingeniero en prevención de riesgos, con quien tuvo a su segunda hija, María Gracia.
“La verdad es que somos una familia muy feliz. Mi marido es ingeniero en prevención de riesgos y yo me dedico más a la parte del deporte”, cuenta.
Sobre Kilian, de 9 años, quien es neurodivergente, Bonasera se ha involucrado a fondo en su crianza, tomando cursos de adaptación para acompañarlo.
“La peleamos día a día, pero gracias a Dios es un niño con trastorno del espectro autista pero de alto funcionamiento, así que la verdad es que es un niño excelente, no tengo nada que decir. Le va súper bien en el colegio”, relata.

Cuenta que, al diagnosticarlo de pequeño, le advirtieron que no hablaría ni miraría a la cara.
Hoy, dice, es un niño independiente: anda en bicicleta en un club, tiene amigos en su colegio y en su condominio, y es querido por su entorno. “Ha sido una bendición tener un hijo así, aprender mucho de la vida, y aparte me ha servido en mi trabajo para aceptar niñas neurodivergentes y poder saber cómo sobrellevar sus frustraciones”, cierra.





